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Estás viendo la página 28 del blog de Verso, escrita el 11/03/2011 a las 01:16:14.
Valorando en serio películas que no me gustan
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Perceval le Gallois (Francia, 1978). Dirigida por Éric Rohmer, basada en la novela de Chrétien de Troyes "Perceval, el cuento del Grial" (s. XII).


A pesar de ser aventuras medievales más o menos consabidas, el texto de Perceval le Gallois es extrañamente fascinante. Los propios personajes narran la historia en verso, al igual que la novela medieval, con palabras agradables que constantemente hacen avanzar la trama, y una musicalidad en la rima que por momentos he disfrutado casi tanto como Perceval admiraba a los caballeros de los que nunca había oído hablar.

Hay que decir que la novela quedó interrumpida por la muerte de su autor, y la última parte de película se desmarca de Perceval para centrarse en el personaje Gawain, siendo sus andanzas mucho menos interesantes.


Lo que se mantiene de principio a fin es la penosa manera utilizada por Éric Rohmer para llevar la acción a la pantalla. Se supone que trataron de adaptar al cine la pintura románica, con su falta de perspectiva, semblantes hieráticos, etc. Ese objetivo se consigue, pero a mi juicio es una meta que no vale la pena e incluso resulta contraproducente: Perceval le Gallois es el no va más en cutrez dentro de un plató. Es muy preferible leer la novela y que cada cual le ponga imágenes en su imaginación. Cualquier cosa antes que esos decorados, esos actores y ese rey en pijama. Más bien, parece que el director quiera ridiculizar la literatura medieval, y nos presenta a un pobre Perceval más tonto que valiente, del que es imposible pensar que matara y sedujera con tanta facilidad.

Aunque ya no puede adaptarlos al cine, yo también le dedico unos versos:

Éric Rohmer
va te faire enculer



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El proceso (Francia, 1962). Dirigida por Orson Welles, basada en la novela de Franz Kafka.


Joseph K. empieza la película enfrentándose a la angustia de lo inexplicable. Este sentimiento no se separará de él, y cuanto más intenta encontrar una explicación a su detención, más indefenso se verá ante el entramado de poder. Desde la escena de la detención, en la propia habitación de K., los encuadres logran una composición que oprime al personaje, resaltando su agobio y claustrofobia entre las cuatro paredes y también entre el suelo y el techo, a los que Welles busca dar importancia. Se utiliza el gran angular con distorsión y mucha profundidad de campo, para relacionar en distintos términos al protagonista y a aquellos que le consideran culpable.


El proceso judicial pasa a ser el motor de vida de K., el cual inicia un proceso de búsqueda activa de una solución para su caso. El personaje cruza puertas constantemente y pasa de unos espacios a otros aún más inverosímiles, reflejando su proceso interno y la confusa burocracia que debe sortear. K. llega a pensar que puede ser culpable, se dice que todos los humanos son impuros y las contrastadas luces y sombras de la iluminación lo reafirman. K. está acusado pero lucha, de lo contrario su condición de culpable lo convertiría en una especie de infraser arrastrado, como el que vive como un perro en la casa del abogado. Esta subtrama y la de su romance con Leni en esa misma casa están filmadas con los personajes más o menos estáticos creando movimiento mediante un montaje agresivo. Aparte de esas situaciones, la película está dominada por la búsqueda infructuosa, filmada con planos larguísimos en movimiento, a menudo en localizaciones amplísimas que hacen de K. una persona diminuta ante un mundo que le queda grande y no puede controlar. Algunos de estos espacios (oficinas, juzgado, teatro) están llenos de personas anónimas y, aunque K. ha sido señalado, cualquiera de ellas es culpable de pertenercer a semejante sociedad. Es posible crear tantas y tan difusas leyes que uno pueda ser culpable de cualquier cosa, y lo más injusto en una defensa es que se invierta la carga de la prueba.


Vi El proceso hace unos años y la he vuelto a ver de nuevo. Ninguna de las dos veces he logrado entrar en la película. Comprendo lo que siente el protagonista, pero lo veo desde fuera y no me involucro en su búsqueda. Puede que el peligro de que gran parte de las situaciones no tengan sentido y las escenas estén inconexas sea propiciar que el espectador pierda el interés (a no ser que enganche visualmente y por la emotividad de cada escena por separado), porque por más caminos que recorra el personaje, sabemos que su situación no va a distar mucho de la de partida. No sé si intuyeron reacciones como la mía y por ello la propia película comienza con un narrador que dice "la lógica de esta historia es la de un sueño o una pesadilla". Este aviso no se hace en el libro de Kafka y me parece una autojustificación cobarde, puesto que lo leal con el espectador sería advertir de la naturaleza de la obra en el trailer o en la información previa a que el espectador entre en la sala. Una vez dentro, estamos expuestos al espectáculo y lo mejor es sorprenderse descubriéndolo.
Archivado en: Cine.
El decamerón (Italia, 1971). Dirigida por Pier Paolo Pasolini, basada en el libro de Boccaccio (s. XIV).


El decamerón es un conjunto de historias populares, divertidas por su indecencia, agradables por su ingenua astucia, que bien podían transmitirse oralmente en la Edad Media. Boccaccio y Pasolini fueron intelectuales, pero se acercan al pueblo con estos cuentos tan vulgares, así como el pintor Giotto (interpretado en la película por Pasolini) se desmarcó de la tradición artística medieval para llevar lo religioso a lo terrenal.

Salvo Giotto, los personajes son tontos e hipócritas, movidos por el goce y la materialidad, especialmente la del cuerpo, puesto que a la riqueza les era más difícil acceder. Al fin y al cabo, tras el sexo alegre de estos humildes relatos inmortales tal vez se encuentre la esencia del ser humano, de tantas personas que pasaron por el mundo pero no a la historia.


Me gustan más las primeras películas de Pasolini, Accattone y Mamma Roma, porque su estilo fresco y natural funciona bien entre los suburbios de los buscavidas romanos de su propia época, pero no para introducirnos en contextos históricos como los de El decamerón o El Evangelio según San Mateo, con escenas chocantes no tanto por la falta de medios sino por la actitud con la que el director afrontaba sus películas. En este sentido, Saló, o los 120 días de Sodoma es caso aparte, ahí Pasolini buscó construir algo gordo; El Decameron se queda en zafios divertimentos a ras de suelo, y para eso me quedo con American Pie.
Archivado en: Cine.
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